El relato no contado del festejo

REDACCIÓN LINAJE PERUANO

Viernes, 16 de marzo del 2018 / 9:50 a. m.


Nicomedes Santa Cruz tenía la idea que el festejo solo podía ser cantado y acompañado por los instrumentos criollos pertinentes; no obstante, cuando visita la Primera Academia de Folclore y ve a su gran amigo Porfirio Vásquez, es testigo de una evolución, casi una revelación, hasta el momento sin predecesores.

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Un hombre de 22 años yacía sentado en una silla de madera cuyo espaldar se resquebrajaba: parecía partirse de cuanto en cuanto, al golpetear su humanidad contra el peinazo superior. El lápiz que atenazaba su mano de ébano dejaba sus rastros de carbón en la mesita cuadrada y se consumían en segundos por el calor de la herrería, fuente de sus ingresos primarios.

Era 1949, una edad de descubrimientos para la especie humana; pero lo que buscó este hombre robusto, de bigote pronunciado y frente amplia, fue su esencia personal. Ordenar palabras en un papel asoma a los ojos incrédulos como un acto sencillo, sin embargo, para él se convirtió en un modo de vida, de gritar a los cuatro vientos cuál era su identidad. «¡Soy Nicomedes Santa Cruz y mis poemas serán conocidos y engrandecerán a este sagrado Perú!», dijo en sus adentros, limpiándose el sudor, víctima de los hierros que se fundían a tres metros en una cúpula negruzca que más se asemejaba a una hoguera.

«Amo este taller que me sostiene, pero un día… un día será necesario seguir mi propio camino e ir por todos los rincones de la tierra de Cristo. Seré artista y el mejor decimista que jamás habrá», expresó Nicomedes, mirando al techo, como confesándoselo al altísimo. No se había dado cuenta que su deseo ferviente se había trasladado a la palabra y un joven, en un rincón oscuro, se acercó preocupado, con metales a medio forjar en sus gruesos guantes de puño corto. «Hey, moreno, usted siempre soñando en voz alta. ¿Se le olvida la invitación de su gran compadre, Porfirio Vásquez? Morenito, yo le guardaré esos poemas que usted compone en unos cajones lejos de aquí, vaya saliendo que yo concluyo el trabajo.

Nicomedes Santa Cruz despertó de sus ensoñaciones y agradeció a su compañero por su espíritu solidario. «¿Usted tiene idea de qué sorpresa me tiene Porfirio? Solo me pidió que vaya a la Primera Academia de Folclore y, por supuesto, cumpliré la voluntad de mi gran hermano».

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Al caer los primeros rayos del sol, una mañana de mayo, Santa Cruz ingresó al salón principal. Porfirio, sentado en una silla y apoyando una guitarra en sus muslos, daba instrucciones a sus alumnos de cómo hacer cambios rápidos de notas musicales, moviendo los dedos con destreza entre cuerda y cuerda. Inmediatamente, el entonces herrero se quedó boquiabierto al ver a aquellos aprendices adoptar posturas muy profesionales, como si fuesen a complacer a alguien lanzando los acordes de una canción. ¿Una serenata criolla tal vez? ¿Para quién?

«¿Otra vez pensando en voz alta, mi querido amigo? Lo que admiro de usted es que comparte sus sueños y pensamientos, y algún día, seremos testigos que logrará lo que en un tiempo se escapó de sus labios», dijo Porfirio, con una sonrisa enorme, comparada a los gestos de un crío cuando va a hacer una travesura. Nicomedes tomó asiento a pedido de los asistentes, desconcertado, frío, y solo se dedicó a ver el espectáculo preparado por su amigo del alma.

«Parapá parapá, los negros salen y arman la jarana, rompan cadenas hermanos lindos, que la libertad no tiene color…», empezó a cantar el patriarca de la música negra, al tanto que Nicomedes chasqueaba los dedos al tempo del estribillo… y una decena de alumnos entró cajoneando desde el patio del director. «Quiere que sea el primero en escuchar una composición suya; a juzgar por el ritmo debe ser un festejo. Es un festejo sin dudas…», pensó el joven de 22 años.

La música retumbaba en todo el espacio; sin previo aviso, un impulso tan rápido como el de un ave de rapiña despojó al maestro Vásquez de su silla e intentó hacer lo increíble, algo que era antinatural en la época y encerraba el secreto de la invitación: ¡Se atrevío a bailar el festejo cuando en esa época solo se cantaba! Al principio, Santa Cruz se sintió extraño viendo los saltitos, contorsiones y quiebres de cintura de su amigo, intentando fusionar pasos de El son de los diablos y la Resbalosa. ¡Pero qué contagiante era su forma de expresarse!

Luego de varios minutos y con una agitación propia del esfuerzo, Porfirio se acercó a un anonadado Nicomedes.

—¡Qué terco eras al decir que el festejo era solo un género para cantarlo! —aseveró Porfirio, mientras aplaudía a sus alumnos por el esfuerzo hecho— ¿Habrás cambiado de opinión?

—¡Epa! ¡epa! Es una apuesta increíble aunque sensacional, pero dime… ¿por qué mostrármelo a mí?

—Eres mi gran amigo, Nico. Un hombre que muchas veces piensa en voz alta. Aquellos hombres hechos y derechos como tú, con esa característica, son los que llegan lejos y estoy seguro que me superarás. Por otro lado, quiero que te lleves la lección de que a la creación no se le debe despreciar nunca, aunque en este caso haya parecido casi imposible darle al festejo un rostro propio que se regocija y un cuerpo que danza con cada toque de cajón y eco de guitarra.

—Es… un honor para mí —replicó Nicomedes.

La experiencia se cerró en el instante que un niño emocionado alcanzó a abrazar las rodillas del poeta que, en menos de diez años, se encargaría de llevar la cultura peruana por todos los rincones.

Es así cómo hasta el día de hoy sería impensado tocar un festejo y no bailarlo.


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